Concha Velasco y los test genéticos. Mamá, quiero ser vikingo.

¡Hola carbonian@s!

Seguro que estáis contando, como yo, los días que quedan para las vacaciones. Cierro los ojos y mi cerebro recrea el olor del after sun, las sardinas con pan de maíz y una caña fresquita en una terraza. Engordo solo de pensarlo. El calorcito se me antoja una presentación, con trompetas y todo, de la melanogénesis que me espera. ¡Tararí, tararí! la melanina y el lagrimeo hacen su entrada. ¡Tararí, tararí! la marca roja en ese trozo de pierna donde no había crema solar ya está entre nosotros (¿En serio? ¿Crema solar? Esta es del creador de mesita de noche, por lo menos). ¡Tararí, tararí! el mosquito que me deja un recuerdo como una moneda de plata de 5 pesetas de Alfonso XII, acaba de llegar. ¡Treinta y siete milímetros de diámetro nada menos! Y no sé si me quedaré corta…  

Me gusta el verano. Y eso que soy de las que para que se note que están morenas tienen que apartar la correa del reloj. En fin, que dentro de exactamente once días será verano. El cuerpo lo sabe y pide vacación. Me gusta decirlo así porque suena rotundo. Aunque luego te vayas al pueblo a remojarte en el río o a Roma a achicharrarte mientras te gastas el presupuesto en gelato. Para mí, vacación es como el Valhalla, pero en lugar de prepararte para el Ragnaröck (la batalla del fin del mundo) recuperas fuerzas para volver al trabajo. Y si de paso te cruzas con Chris Hemsworth, aunque sea vestido de Thor, entonces es VACACIÓN, así en mayúsculas. La mitología nórdica da para mucho.

Y no aprendo. Me posee la “Dispersión” más que a Pepe Colubi. Por cierto, un libro súper recomendable. Ya estamos…

¡Trata de arrancarlo Carlos!

El mes pasado, llegó a mis manos un artículo en The Conversation y con él la idea para este post. El título traducido es “ADN vikingo y las trampas de los test genéticos de ancestría”. Hace referencia a un artículo científico publicado por dos investigadores suecos titulado: I am Viking! DNA, popular culture and the construction of geneticized identity. Y sí, mola leerlo con voz profunda y acabar con un rugido.

Dibujar no es lo mío, lo sé. Pero no podía hablar de vikingos sin poner a Vicky 😉

Justo así empieza el artículo, hablando de un anuncio de History Channel sobre la serie Vikingos. La reacción del protagonista al descubrir que tiene un 0,012% de vikingo en su ADN es épica. Los autores documentan casos reales de gente orgullosa al descubrir sus genes vikingos, “It is kind of cool”. Llevan a cabo entrevistas a estadounidenses, ingleses y suecos que se han hecho un test genético de ancestría para analizar cómo éstos interpretan sus resultados. Las respuestas no tienen desperdicio. “Estos resultados confirman qué persona soy” o “me han permitido conocer quién soy y mis orígenes”. Incluso alguno con tendencias violentas entiende ahora de dónde viene la ira explosiva en su familia. Ay madre, si al final esta mala leche que tengo por las mañanas va a ser debida a mis genes vikingos.

¿Cuál es el problema?

Pues el problema, querido Watson, es la facilidad con la que se cae en la trampa del determinismo biológico o genético, según el cual el comportamiento humano es controlado por los genes, o en la de defender la eugenesia o la división racial. Es un extremo, cierto, pero lo que se desprende del artículo es que los clientes seleccionan la información que más le interesa y descartan la otra, por lo que estos test involucran una cierta creatividad en la interpretación.

A ver, que a mí si alguien me saluda diciendo “Hola guapa, hoy tienes cara de cansada” me quedo con el Hola guapa para pasar el día y de la segunda parte ya me encargaré cuando pille la cama ¡Toma creatividad en la interpretación! En realidad lo que los autores deducen es que se elige una información y no otra, porque la elegida se considera mejor que el resto. Y eso, como la historia nos enseña, es un problema.

Rebuscando por la web me encuentro con la página de MyHeritage. Esta empresa, además de identificar los grupos étnicos y regiones de las que provienes, te propone encontrar a nuevos familiares al compartir tus datos genómicos. A ver, relax. ¿En serio quieres encontrar nuevos familiares? Piénsalo bien. Tendrías que aumentar tu presupuesto para regalos de navidad, de cumpleaños, igual te cae algún ahijado inesperado. Una pasta.

Para que os hagáis una idea de cómo va, Ralph y Coop (2013) analizaron datos genómicos de 2.257 europeos y determinaron que un par de europeos modernos procedentes de poblaciones vecinas tienen entre 2 a 12 ancestros genéticos comunes de los últimos 1.500 años y más de 100 de los 1.000 años anteriores. Los números disminuyen exponencialmente con la distancia geográfica, pero como los ancestros genéticos comunes son una pequeña parte de los antepasados ​​genealógicos, se espera que individuos de extremos opuestos de Europa compartan millones de ancestros genealógicos durante los últimos 1.000 años. Un lío.

¿Qué es eso del ancestro genético común?

Seguro que os suenan los juegos de construcción. Esos que tienen bloques de madera o de plástico de colores. Imagina que compras dos cajas de 50 piezas cada una, una de ellas de plástico y la otra de madera. Divídelas en dos y haz dos nuevos montones de 50 piezas de modo que la mitad de las piezas (el genoma) procedan de una de caja y la otra mitad de la otra. Enhorabuena, acabas de tener descendencia. Si comparamos ambos montones (con todos los respetos) en ambos habrá piezas iguales procedentes de la misma caja. Estas piezas heredadas de un ancestro genético común son idénticas por descendencia (IBD por sus siglas en inglés).

Tu vida sigue, tienes más hijos, sobrinos, primos, y los juegos pasan de casa en casa. Por fin, una nieta. Como sus padres trabajan, se queda contigo y recuperas lo que queda de aquel juego en casa de tu hija favorita. Pero ya no hay 25 piezas de plástico y 25 de madera, muchas no miden lo mismo que las originales y para hacer una tienes que unir dos o tres (bienvenido a la recombinación), hay alguna de metal y otras con dibujos de los vengadores. Un sindiós. Ahora es más complicado saber de dónde vienen. Cuanto más antiguo sea el ancestro y más eventos de recombinación hayan tenido lugar, más cortas serán las piezas IBD compartidas. Y en eso se basan los test, en comparar las piezas.

Yo, de momento, me he puesto a ver la serie Vikingos, a ver si noto algo. Porque después de escuchar la versión de Dan Vasc de My Mother Told Me (Song of the Vikings) tener ADN de vikingo tiene su punto. Aunque, como siempre os digo, no debemos olvidar que los genes, por si solos, no determinan quienes somos

Pensándolo bien creo que si me dan a elegir entre todas las vidas, yo, como Joaquín, escojo la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo y con cara de malo. Y vosotros ¿Qué escogeríais?

Hasta la próxima 😉

#SinCienciaNoHayFuturo

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