El lenguaje de los huesos: (V) Momias a gogó (I)

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Hace unas semanas pregunté a una niña de unos diez años:

  • Oye, Eva, ¿cómo te imaginas que son las momias?
  • Pues llenas de vendas…- respondió la pequeña

Entonces me di cuenta de que, ya desde bien pequeños, se nos viene a la cabeza la imagen clásica de la película de “La Momia” (1932), protagonizada por Boris Karloff. Pero existen muchas más. No solo muchas más momias y más formas de momificación, sino muchas más formas de conservación de los cadáveres.

En la entrada de hoy os hablaré sobre algunas formas artificiales de conservar un cadáver. La momificación y el embalsamamiento que se practicaban en el antiguo Egipto, es de los procesos que nos resultan más conocidos. Hay un tratamiento externo e interno del cuerpo para que el cadáver se conserve o, al menos, se estropee lo mínimo posible.

Como en cualquier otra profesión, el momificador ofrecía diferentes tarifas en función del poder adquisitivo de la familia del difunto: la tarifa cara, la media y la básica. Os voy a relatar el proceso de momificación que se llevaba a cabo según la tarifa más cara que, como podéis suponer, estaba reservada para los grandes faraones.

En primer lugar al cuerpo se le retiraban los ropajes y se le colocaba sobre una mesa de alabastro con las figuras de cuatro perros alrededor. A continuación, se le hacía una primera pasada al cuerpo con sal de natrón, a modo de desinfección rápida. Después tenía lugar la primera evisceración. Se le sacaba el cerebro al cadáver pero, ¿cómo? La carcasa que lo cubre, el cráneo, no parece muy accesible. Bien, pues había que buscar orificios naturales que dieran acceso al mismo. El orificio nasal izquierdo parecía un buen lugar. Se armaban con un gancho de hierro, lo introducían por la narina izquierda y… crash… rompían el hueso etmoides, un hueso ubicado justo detrás de los huesos nasales. Ahora, con movimientos circulares, procedían a sacar el cerebro. Debido a su consistencia, a veces tenían que ayudarse de resinas de solidificación rápida para poder enganchar mejor el tejido. Esta parte ya está lista.

Bajemos al tórax. Toca realizar una incisión en el costado izquierdo para extraer los intestinos, los riñones (que rara vez se dejaban dentro), hacían un corte en el diafragma para extraer los pulmones y… ¿el corazón? Pues el corazón lo dejaban en su sitio, así como la aorta. El corazón es la chispa de la vida así que, en caso de resurrección, al menos tenían la mecha para que hiciera contacto. Hecho todo este proceso se esterilizaba el interior del cuerpo con vino de palma y especias y se cubría completamente con sal de natrón durante 40 días, como si fuera una cecina. Pasado ese tiempo se retiraba la salazón, se rellenaba el cuerpo con incienso, arena,mirra, flores secas…, se cosía el corte del lado izquierdo y se untaba el cuerpo con ceras y betunes para, a continuación, iniciar el vendaje. Cada venda de lino medía unos 350m y podían llegar a emplear hasta 2000m. En primer lugar vendaban las manos, luego las extremidades y finalmente el tórax y abdomen. Durante este proceso iban intercalando, entre los vendajes, diferentes amuletos para que acompañasen al muerto al “Más Allá”.

Pasados 46 días desde que el individuo había fallecido, y tras todo este proceso, los sacerdotes podían proceder al ritual funerario. Introducían el cuerpo en diferentes sarcófagos, sobre cada uno de los cuales iba su correspondiente máscara mortuoria hasta llegar al último sarcófago. Éste era el más elegante, lleno de adornos y piedras preciosas. Y ya está listo el faraón para ser llevado a la cámara funeraria correspondiente. Ya, parece fácil, pero hay que ponerse…

 

En España también existen restos humanos sobre los que se realizaban procesos de momificación artificial. Es cierto que no eran tan elaborados y ni siquiera se les abría para sacar las vísceras. Es el caso de los guanches, en Tenerife. En este caso, el tratamiento es solo en el exterior del cuerpo y se ahúma, sí, como el jamón y la cecina, solo que aquí se pasa por alto lo de la salazón del cadáver. Luego lo colocaban en cuevas de barrancos de difícil acceso, donde les diera el sol. Aquí también había diferentes tarifas. A los reyes les dejaban el cuerpo durante 15 días en el ungüento conservador, a los nobles 10 días y a los plebeyos, que se lo pudieran permitir, solo 5 días. Como veis, hasta para morirse había que tener pasta…

Bueno, y hasta aquí unas pinceladas sobre los procesos de momificación artificial. En siguientes entradas os contaré otras formas de conservación de los cadáveres.

¡Que el pensamiento crítico os acompañe, carbonian@s!

 

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