Micorrizas: El secreto del bosque

Una micorriza es típicamente una simbiosis entre un hongo y la raíz de una planta, donde los nutrientes del suelo recolectados por los hongos se intercambian por productos químicos procedentes de la fotosíntesis (Smith y Read, 2008).

Hoy, queridos carbolectores, vamos a contarles uno de los secretos mejor guardados del bosque: su lenguaje secreto.

La extensión del micelio fúngico bajo la cubierta del suelo es enorme, del orden de kilómetros y kilómetros de filamentos que conforman un entramado discreto y silencioso en una relación mutualista con plantas y en la que intervienen también microbios. Este intercambio, que para nuestros ojos es prácticamente invisible y pasa desapercibido para la mayor parte de los habitantes del planeta, resulta crucial para muchos procesos, haciendo que el bosque sea una entidad única, capaz de comunicarse, responder a estímulos e incluso colaborar o luchar.

Esta maravillosa historia, que podría ser el argumento de una película de ciencia ficción, comienza cuando en los años 80 diferentes experimentos en laboratorio muestran que las plantas son capaces de intercambiar nutrientes a través de las micorrizas. Es Suzanne Simard, científica canadiense, la que en 1997 cuenta al mundo que la transferencia de carbono entre diferentes especies de árboles se produce de manera habitual en la naturaleza. Lo hace marcando con dos tipos de isótopos de carbono plántulas de Betula papyrifera y Pseudotsuga menziesii y demostrando que dichos isótopos se intercambian entre las plántulas de ambas especies y que, por tanto, son interdependientes, ya que el flujo de carbono dependía de las necesidades de esas plántulas en cada momento (Simard et al., 1997).

Esquema de recursos y señales documentados que viajan a través de una red micorrízica, así como algunos de los estímulos que reciben o provocan
Monika A. Gorzelak et al., 2015. AoB PLANTS

Más tarde, Beiler y aliados (2009) demuestran que esta red de relaciones e intercambios no es una cuestión entre dos o más organismos, sino que es un ensamblaje complejo de hongos y plantas que abarca múltiples generaciones y que se ha bautizado como «Wood Wide Web«, la red de banda ancha del bosque. Resalta la importancia de los árboles maduros de gran tamaño en la arquitectura de la red micorrízica, donde éstos árboles representaron los puntos neurálgicos de esa conectividad. Estos árboles, a los que Suzanne llama «árboles madre», son necesarios para garantizar la conservación de nuestros bosques. A través de esta red, los árboles de nuestros bosques no sólo se comunican con sus vecinos, sino que comparten con ellos nutrientes y compuestos bioquímicos capaces de incidir en su comportamiento y su supervivencia, incluso de manera beligerante, mediante la producción de compuestos alelopáticos capaces de iniciar una guerra química que confieren ventajas a las plantas productoras en la competencia con otras especies.

Puedes escuchar la historia de cómo empezó todo de la voz de la propia Suzanne, que nos lo cuenta en una charla TED, en la que nos invita a hacer un viaje con ella a través de una de las investigaciones más inspiradoras de todos los tiempos. Quizás, ahora conozcamos un poco más sobre los bosques y valoremos, casi con veneración, la sabiduría y complejidad que esconde nuestra biodiversidad. Al igual que la gran Linn Margulis, Suzanne nos cuenta una teoría estimulante en la que, en la lucha por la supervivencia de las especies, la cooperación juega un importante papel.

Recientemente, los científicos del laboratorio Crowther (merece la pena asomarse a su página) y la Universidad de Stanford (Steidinger et al., 2019) utilizaron la inteligencia artificial y una base de datos de más de 1,2 millones de parcelas de árboles de 28.000 especies de más de 70 países para mapear las redes micorrízicas mundiales y determinar la importancia del cambio climático en los ecosistemas y la vulnerabilidad de estas redes mutualistas, con una clara aplicación en la selección de especies que se pretenden plantar en el marco de la campaña del millón de árboles de la ONU. No obstante, no conviene olvidarse, que antes de plantar, es necesario preservar lo que ya tenemos, ya que recuperar los sistemas naturales es mucho más costoso que salvaguardarlos, con todos los agentes implicados, que ya hemos visto que forman una compleja red aún muy desconocida.

Aprovecho esta entrada en la que los protagonistas principales han sido las plantas y los hongos, para presentaros a un compañero, amigo y micólogo: Darío Fernández Santos. A partir de ahora, ambos vamos a cooperar simbióticamente para hablaros de estas y otras historias de ciencia sobre plantas y hongos. Espero que entre los dos logremos contagiaros nuestro entusiasmo por este maravilloso mundo.

Darío Fernández intentando descifrar los secretos del bosque dentro de un corro de brujas
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